miércoles, 1 de abril de 2009

Singularidad de una experiencia de lectura

Leer y aprender psicoanálisis no resulta una experiencia que pueda agotarse sólo en una cuestión intelectual. Comprender o no un concepto psicoanalítico a veces resulta de movimientos que se articulan al atravesamiento de un análisis. La apropiación conceptual del psicoanálisis es entonces de algún modo también singular.
De varias anécdotas de lectura en ese sentido, la del Seminario ocho de Lacan guarda un lugar especial en mis recuerdos. La entrada al Seminario estuvo marcada por la lectura del Banquete de Platón y por una comedia de enredos de la cual fui protagonista junto a la dupla estelar de ese seminario: el erastès y el eròmenos que lograron insertarme en un escenario casi dramático. Podía entender el sentido en el cual eran utilizados en el texto, pero había algo del erastès y el eròmenos que no pasaba ni al modo del chiste. Por supuesto que no me di por vencida y concentré allí todo mi esfuerzo. Resúmenes, cuadros sinópticos de doble entrada, flechas que iban y volvían. Y nada. Seguí leyendo con gran obstinación. A esa altura ya sostenía diálogos enojosos con Lacan, hasta llegué a cerrarle su propio seminario en la cara jurando nunca volver a abrirlo. Aunque, debo confesar, dejaba el libro sobre el escritorio en algún lugar desde el cual el seminario me miraba como diciendo “yo no te hice nada” y me enternecía tanto que volvía otra vez al ruedo.

Decidí hablar de esto en análisis y allí la sorpresa me esperaba a la vuelta de la esquina de una “e” que se coló en el eràstes. Erastese. Era ese. No hace falta agregar más. Finalmente algo del concepto pasó.

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