martes, 21 de abril de 2009

Escuela de psicoanálisis: Enseñanza y transmisión

Cada año nos replanteamos nuestra escuela y también en qué consiste la enseñanza del Psicoanálisis. La dificultad que ésta entraña se relaciona con la difícil articulación entre enseñanza y transmisión. Aprender, aprehender, relacionar, discutir, conceptualizar son un esfuerzo de pensamiento que en nuestra disciplina se revela insuficiente si no está en relación con un efecto de verdad. Cada analista encuentra en su formación ese escollo, figurado en la imposibilidad de los conceptos para construir una técnica que funcione en el encuentro singular que lo real de la práctica impone.
Así, nos encontramos con una pregunta que surge con insistencia luego de superado un primer momento de inhibición. Se trata de la pregunta por el ¿Qué hacer? Entendemos que es una pregunta valija, que contiene y comprime muchas otras que se presentan en distintos momentos de la formación analítica: ¿Qué hacer?, ¿Qué decir?, ¿Decir?, ¿Hablar?, ¿Qué es aportar sentido?, ¿Qué es la abstinencia analítica?, ¿Tan lejos estamos de la terapia hipnótica cuando el analista no habla?, ¿Cuándo y como interpretar?, ¿Qué es una construcción?, ¿El analista debe Buscar, Encontrar, o ambas cosas?
Abrir el contenedor del ¿Que hacer? libera entonces una serie de otras preguntas que no son ajenas a lo que en la historia del psicoanálisis podemos situar como las impasses y problemáticas que dieron lugar a sucesivas teorizaciones y refundiciones conceptuales tanto en Freud y Lacan como en otros analistas.
En consonancia con eso, el propósito de nuestra enseñanza se plantea como un intento de propiciar dicha apertura problematizando la inhibición de las preguntas y confrontando las elaboraciones conceptuales con el estudio de casos presentados en los talleres clínicos.
Entendemos que hay un saber del psicoanalista al que no se puede acceder sin una exposición a lo real de la clínica y que tampoco es posible un acceso genérico, sin pasar por los interrogantes, los rechazos y los momentos singulares del análisis de cada uno.
Es decir que estas y otras preguntas no son ajenas a la conceptualización del analista pero tampoco al momento de su análisis y al punto en el que está tomado en la transferencia.
Apostar a que se exponga el no saber, supone situar los puntos estructurantes de la experiencia ligados a lo imposible del saber, un saber que si es verdadero no se sabe. Por eso no se trata de producir un reforzamiento del discurso universitario que tienda a completar lo que no se sabe, sino a buscar en ese no saber un punto de apoyo. Apoyarnos en lo evanescente de ese saber-no saber, que se corre y escapa, tiene la virtud de propiciar el encuentro con lo que ese mismo escape re-vela: un hilo técnico o la advertencia de un camino…
Nuestra apuesta es que el efecto de transmisión incluya esta advertencia que podríamos sintetizar en el equívoco de las lenguas que posibilitan el encuentro humano pero al mismo tiempo lo complican.

Guillermo Vilela
guillermovilela@fibertel.com.ar

La invención de Morel


Lo perecedero

Álvaro Couso

… a Jorge Presta


y ahora hablemos del futuro, querida amiga.
Preferiría gozar en silencio, del presente, mí señor”
J. Steimbeck

“Las horas mi locura las esconde…”
F. de Quevedo


Asistimos más o menos cotidianamente, a una polémica irresoluble -en los términos que se la plantea- entre la moral y la ciencia, entre la conciencia y la irreflexión, entre los valores religiosos y la disipación, entre el ideal y lo posible, sin descuidar, en realidad tomando buen cuidado, de los condicionantes políticos -los intereses- que sobre el particular coinciden. El discurso ideológico hace uso de la problemática dividiendo ficticia y artificialmente las aguas. Allí donde el paradigma sostiene la defensa de la vida ante las diferentes formas que existen de interrogarla, por sobre cualquier especulación, la vida es exhibida como valor supremo. No obstante… Podemos afirmar que los medios de información, generadores de opinión, inducen, sugieren, imponen perspectivas que la sociedad toma y recrea haciendo que cada sujeto reciba, inversamente, su propio mensaje desde el Otro. (1) Hay en este sentido un sutil juego de reciprocidades. Por un lado se condena la suspensión de un embarazo, se niega el aborto a una mujer que fue violada o de una discapacitada, el discurso religioso censura el uso del preservativo, coincidentemente se sostiene un inmutable rechazo a las diferentes formas de muerte asistida. Por otro, el miedo, la inseguridad, el odio, la agresividad se constituyen en factores que justifican una respuesta exterminadora. Se propone, se incita una actitud paranoica, que hace del otro un enemigo irreconciliable. Así la sociedad a través de sus voceros puede exigir la muerte para quien cometió un delito criminal, la reclusión perpetua o la reducción del límite de edad para sancionar penalmente a los jóvenes…pero sobre todo desde la concepción taliónica, aquella del ojo por ojo; la muerte.
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viernes, 17 de abril de 2009

Escuela de psicoanálisis: Enseñanza y transmisión

Cada año nos replanteamos nuestra escuela y también en qué consiste la enseñanza del Psicoanálisis. La dificultad que ésta entraña se relaciona con la difícil articulación entre enseñanza y transmisión. Aprender, aprehender, relacionar, discutir, conceptualizar son un esfuerzo de pensamiento que en nuestra disciplina se revela insuficiente si no está en relación con un efecto de verdad. Cada analista encuentra en su formación ese escollo, figurado en la imposibilidad de los conceptos para construir una técnica que funcione en el encuentro singular que lo real de la práctica impone.
Así, nos encontramos con una pregunta que surge con insistencia luego de superado un primer momento de inhibición. Se trata de la pregunta por el ¿Qué hacer? Entendemos que es una pregunta valija, que contiene y comprime muchas otras que se presentan en distintos momentos de la formación analítica: ¿Qué hacer?, ¿Qué decir?, ¿Decir?, ¿Hablar?, ¿Qué es aportar sentido?, ¿Qué es la abstinencia analítica?, ¿Tan lejos estamos de la terapia hipnótica cuando el analista no habla?, ¿Cuándo y como interpretar?, ¿Qué es una construcción?, ¿El analista debe Buscar, Encontrar, o ambas cosas?
Abrir el contenedor del ¿Que hacer? libera entonces una serie de otras preguntas que no son ajenas a lo que en la historia del psicoanálisis podemos situar como las impasses y problemáticas que dieron lugar a sucesivas teorizaciones y refundiciones conceptuales tanto en Freud y Lacan como en otros analistas.
En consonancia con eso, el propósito de nuestra enseñanza se plantea como un intento de propiciar dicha apertura problematizando la inhibición de las preguntas y confrontando las elaboraciones conceptuales con el estudio de casos presentados en los talleres clínicos.
Entendemos que hay un saber del psicoanalista al que no se puede acceder sin una exposición a lo real de la clínica y que tampoco es posible un acceso genérico, sin pasar por los interrogantes, los rechazos y los momentos singulares del análisis de cada uno.
Es decir que estas y otras preguntas no son ajenas a la conceptualización del analista pero tampoco al momento de su análisis y al punto en el que está tomado en la transferencia.

Apostar a que se exponga el no saber, supone situar los puntos estructurantes de la experiencia ligados a lo imposible del saber, un saber que si es verdadero no se sabe. Por eso no se trata de producir un reforzamiento del discurso universitario que tienda a completar lo que no se sabe, sino a buscar en ese no saber un punto de apoyo. Apoyarnos en lo evanescente de ese saber-no saber, que se corre y escapa, tiene la virtud de propiciar el encuentro con lo que ese mismo escape re-vela: un hilo técnico o la advertencia de un camino…
Nuestra apuesta es que el efecto de transmisión incluya esta advertencia que podríamos sintetizar en el equívoco de las lenguas que posibilitan el encuentro humano pero al mismo tiempo lo complican.
Guillermo Vilela


miércoles, 1 de abril de 2009


"...el psicoanálisis no se puede "enseñar", pero se puede aprender; y para ello hace falta un maestro capaz de trasmitir su propia pasión".
Massimo Recalcati. “La última cena: anorexia y bulimia"

“Cada uno crea de las astillas que recibe la lengua a su manera con las reglas de su pasión – y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento”
J.J. Saer, “El arte de narrar”

“Que a alguien se le pueda plantear la cuestión del deseo del enseñante es señal, como diría Perogrullo, que la cuestión se plantea. Es también señal de que hay enseñanza. Y esto nos introduce, a fin de cuentas, a la curiosa observación de que, allí donde el problema no se plantea, es que hay un profesor. El profesor existe cada vez que la respuesta a esa pregunta está, por así decir, escrita (...) No es inútil percatarse de que el profesor se define entonces como aquel que enseña sobre las enseñanzas (...) hace un recorte de las enseñanzas (...) análogo al collage (...) Si hicieran su collage preocupándose menos de que todo encajara, de un modo menos temperado, tendrían alguna oportunidad de alcanzar el mismo resultado al que apunta el collage, o sea evocar la falta que constituye todo el valor de la propia obra figurativa”
J. Lacan, Seminario 10, pág 187, Editorial Paidos
Singularidad de una experiencia de lectura

Leer y aprender psicoanálisis no resulta una experiencia que pueda agotarse sólo en una cuestión intelectual. Comprender o no un concepto psicoanalítico a veces resulta de movimientos que se articulan al atravesamiento de un análisis. La apropiación conceptual del psicoanálisis es entonces de algún modo también singular.
De varias anécdotas de lectura en ese sentido, la del Seminario ocho de Lacan guarda un lugar especial en mis recuerdos. La entrada al Seminario estuvo marcada por la lectura del Banquete de Platón y por una comedia de enredos de la cual fui protagonista junto a la dupla estelar de ese seminario: el erastès y el eròmenos que lograron insertarme en un escenario casi dramático. Podía entender el sentido en el cual eran utilizados en el texto, pero había algo del erastès y el eròmenos que no pasaba ni al modo del chiste. Por supuesto que no me di por vencida y concentré allí todo mi esfuerzo. Resúmenes, cuadros sinópticos de doble entrada, flechas que iban y volvían. Y nada. Seguí leyendo con gran obstinación. A esa altura ya sostenía diálogos enojosos con Lacan, hasta llegué a cerrarle su propio seminario en la cara jurando nunca volver a abrirlo. Aunque, debo confesar, dejaba el libro sobre el escritorio en algún lugar desde el cual el seminario me miraba como diciendo “yo no te hice nada” y me enternecía tanto que volvía otra vez al ruedo.

Decidí hablar de esto en análisis y allí la sorpresa me esperaba a la vuelta de la esquina de una “e” que se coló en el eràstes. Erastese. Era ese. No hace falta agregar más. Finalmente algo del concepto pasó.