miércoles, 27 de agosto de 2008

El silencio y la desaparición de personas

Entendemos el silencio en Psicoanálisis como un intervalo entre dos emisiones de sonido. Pero también debemos hacer referencia a otra dimensión en la que ese tipo de intervalo/silencio no ha tenido lugar en un sujeto. Se trata de un silencio no acotado que se traduce en la clínica por una constante emisión de ruido, de voces que impiden que ese sujeto pueda tomar la palabra. Uno y otro silencio son un patrimonio humano y tienen, en circunstancias excepcionales vías de contacto, infiltraciones de uno en el otro. Al primer silencio lo llamaremos silencio simbólico y al segundo silencio de silencio.

El silencio simbólico puede mostrar su primacía incluso haciendo que un mar de ruido pase a segundo plano. De todas formas, el fondo sonoro en el que se despliega el silencio simbólico no es siempre el mismo; el silencio de silencio puede incluso imponerse y, en el extremo, tener primacía. Tenemos en cuenta, para lo que sigue, que uno y otro silencio corresponden a diferentes estructuras subjetivas pero también que cierto consenso social autoritario puede incidir en los sujetos en el sentido de tomar o no la palabra.

El avance de la justicia sobre el silencio de silencio que rodeó la desaparición de personas durante la dictadura militar se presenta como un creciente número de voces que casi imperceptiblemente agregan su sonido al fondo sonoro anónimo de la ciudad.

A continuación un fragmento testimonial sobre la incidencia de esas voces en el fondo sonoro colectivo de nuestra sociedad, un fondo que propicia el despliegue del silencio simbólico, permitiendo que más sujetos tomen la palabra.

Estábamos allí, en una calle de Buenos Aires, apiñados en la vereda, a punto de hacer un homenaje a tres militantes populares desaparecidos durante la dictadura militar. Ellos habían vivido en el edificio que teníamos junto a nosotros. Un grupo de ceramistas había realizado un baldosón con el nombre de ellos.

A medida que llegaba más gente, dejamos de respetar el cordón de la vereda y comenzamos a ocupar parte de la calle. Los autos y colectivos también se apiñaron en la estrecha franja que les dejamos y no dejaron de estar muy cerca, casi rozándonos con su volumen físico y sonoro.
Los rugidos y ronroneos de los motores no constituían el fondo lejano de la ciudad sino una interferencia que hacía imposible que nos pudiéramos escuchar. Sin embargo, por momentos, no era una interferencia sino algo que emitía la misma vibración, con la misma pasta vocal de los que, con el micrófono, se sucedían en el homenaje. En forma intermitente ocurría ese fenómeno de integración sonora.

Algunos oradores lograban conmovernos por las cosas que decían, por los recuerdos que le arrancaban a ese pozo anónimo instalado en el centro exacto de la desidia de cada quién. Muchos llegaron emocionados y se sumaron a esas voces y muchos otros descubrieron allí como se abría la hendidura del recuerdo y el afecto. Todos, diría, escuchamos en algún momento como la voz pequeña y grave, apenas audible de una Madre de Plaza de Mayo, se confundía con el ronroneo del tránsito trabado por nuestros cuerpos.

Fue allí que el ruido se transformó en sonido, en el momento en que las palabras de recordación y lucha y los motores conformaron una figura de rostros múltiples que pulsaba musitando los nombres de Lila, Luis y Claudio Epelbaum.

Fue entonces que pensamos por un instante que ya habíamos escuchado esos sonidos caminando por allí. Esos nombres, esa vocecita mezclada con el movimiento del barrio. Sonidos, más que ruidos de la ciudad, que en el trajín cotidiano (cuando los coches transitan o cuando no transitan) dejamos de escuchar pero que son el hueco en el que se alojan nuestras voces cotidianas. Pienso que, a partir de hoy ese hueco será Otro, alojará nuestra palabra de otra manera. No escucharemos el ronroneo, salvo que hagamos un esfuerzo de atención, pero estará y será, como siempre, sin duda, la materia de la que estará hecho el silencio simbólico que hoy nos permite hablar.
Guillermo Vilela
guillermovilela@fibertel.com.ar

Silencio

A menudo hemos oído la frase "guardar silencio", por lo que puede suponerse ¿qué guarda el silencio?, sin duda un relato no dicho, para Freud "el relato como un camino o la respuesta a un enigma".

Wittgenstein escribe: "aquello de lo que no se puede hablar hay que callarlo" "...el vector del silencio ... por un lado una ética indecible, por el otro una ética del decir a medias". ".... ¿estaría ligada la experiencia ética a la experiencia del límite, de la que formaría parte el silencio?"

Si el valor de la cura es como efecto de nominación, la verdad de la palabra no es en etimología sino en su uso.
¿Qué “guarda el silencio"? Podría tratarse de un secreto...quizás, ¿y qué camino posible andaría ese secreto, portado por alguien en tributo a la novela familiar? Si está prohibido su decir y aparece su decir en un síntoma, al menos está enhebrado ahí y tiene abierta la vía sintomática previa a la nominación, la palabra luego es posible. El secreto ¿es tal porque su condición es el de ser revelado? entonces está guardado pero no perdido, a diferencia de lo indecible, eso que no puede hacerse conciente, el ombligo del sueño al decir de Freud.
Graciela Safuri
gracielasafuri@ciudad.com.ar

Referencias: “La ética del silencio, Wittgenstein y Lacan": Francoise Fonteneau - Atuel-Anafora - 2000

lunes, 25 de agosto de 2008

“Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! Nos hundiremos en un mar de luto. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”
F.G. Lorca. La casa de Bernarda Alba

“Ocurre que las orejas no tienen párpados”
Pascal Quignard “El odio a la música”

“Acá en el Tigre, lo más insoportable es el silencio”
Un niño de 10 años

”...pero resulta que las sirenas tienen un arma aún más terrible que su canto, a saber: su silencio”.
F. Kafka “El silencio de las sirenas”

Homenaje a Ulloa


En el proceso psicoanalítico, sea este individual, grupal o institucional la función del analista es básicamente hacer de su presencia una disposición al encuentro con el deseo, sin encaminarlo hacia algún ideal ni aplastarlo con el propio. Efectivamente en esto consiste la abstinencia analítica, tal como aprendí de Ulloa, algo muy alejado de la indolencia afectiva o de la neutralidad cruelmente obsesiva. Él consideraba que se debía destacar el papel central de la abstinencia no solo en la conducción interpretativa de una cura sino y sobre todo en el reconocimiento y elaboración de la contratransferencia. Toda su práctica estuvo marcada por esta consideración.
En la experiencia compartida de un análisis, el analista se irá convirtiendo en una presencia amiga en tanto capaz de sobrevivir al ejercicio de destrucción imaginaria a la que la somete el amor-odio en la transferencia.
La apuesta analítica, que se conforma sobre un fondo de eterna repetición de lo mismo, apunta a la aparición de alguna metáfora vivificante que abra una brecha temporal que aloje al sujeto.
Un paciente, hijo póstumo, encuentra en la relación con su analista la oportunidad de entablar un diálogo con su padre muerto, restañar en ese diálogo heridas abiertas y aligerar el peso de una nostalgia culposa que aún antes de sus primeras vivencias afectivas tiñe su existencia de un tinte opresivo e inhibitorio.
El paciente quien sabe que el analista no es su padre - éste por supuesto no pretende serlo pero tampoco rehuye a evocarlo- reconoce en los afectos que le despierta, viejos anhelos, amores y rencores, sus proyecciones al respecto. Intuye entonces en los avatares transferenciales que agitan ese análisis que algo importante está sucediendo.
Podemos suponer que se repiten con el analista las vicisitudes fantasmatizadas de un encuentro que realmente jamás se produjo. Situación verdaderamente paradojal en la que se desenvuelve ese análisis. Habría que enfatizar una cuestión: la transferencia obliga al analista a interpretar al padre. Conservemos la multiplicidad y diversidad semántica del término interpretar.
El guión que el paciente aporta con su relato es condición necesaria pero no suficiente para que la interpretación ocurra, el analista deberá recurrir entonces a su propio inconsciente, fuente valedera de resonancias inéditas, como diría Ulloa.
Así como un pianista inspirado al ejecutar una partitura hace oír al propio compositor melodías jamás apreciadas, el analista, en lo remanido del guión de una vida, hace oír aquello que nunca antes fue escuchado, retorna en las interpretaciones lo verdaderamente inaudito de la trama.
En el caso que comento, en donde la transferencia repite una vez más ese diálogo imposible con el padre muerto, la presencia real del analista permite que el paciente haga la experiencia de que sus palabras sean por fin escuchadas, de poder dirigirlas verdaderamente a alguien, que sin ser el padre su presencia interpela.
Lacan dijo alguna vez que los análisis comienzan hablándole de uno a nadie y continúan hablándole a alguien pero no de uno y terminan cuando aquel, que seguramente ha cambiado sensiblemente en su transcurso, consigue hablar de sí a alguien. Conjeturo que la transformación de la palabra del sujeto tiene como principal motor la aparición del analista como presencia amiga. Esta presencia supo encarnarla magistralmente Fernando Ulloa.

Luis Vicente Miguelez
lmiguelez@fibertel.com.ar


jueves, 21 de agosto de 2008

Comienza el viaje


Comienza el viaje de La Nota. Un recorrido que anhelamos permita entramar palabras. Palabras desde el Psicoanálisis, pero también desde los múltiples lugares y discursos que nos convocan. Palabras de esas que a veces garabateamos con el apremio de algo que pulsa por salir. Palabras que alguna vez leímos y poblaron nuestra casa hasta dejarnos temblando. Palabras escritas que permiten leer y de las que por leerse permiten otras escrituras.

Con este periódico queremos abrir un espacio en el que sea posible rescatar el valor de preguntar, aún sobre aquello que lleva el signo de la certidumbre y el de la prestancia de lo constituido. Así, tendremos una sección donde se darán cita nuestras preguntas; no porque preguntando se llegue a Roma, sino porque cierto modo de preguntar invita a hablar para que algo pueda ir escribiéndose.

Contaremos con nuestra “Bitácora de frases”, donde cada quien está invitado a abrir el cofrecito palabrero, allí donde conservamos como reliquias esas frases que
lograron alcanzarnos y dejaron en nosotros la marca de lo inquietante y de lo bello. De ese instante en el que callan los seres y habla la palabra.

Y así desamarra La Nota, decidida a hacer resonar las palabras por-venir para soltarlas luego en un viaje que no tiene más rumbo que el placer de escribir.
La invitación está en marcha. ¿Qué te impulsa a escribir la palabra que sigue?

Sección Clínica