Entendemos el silencio en Psicoanálisis como un intervalo entre dos emisiones de sonido. Pero también debemos hacer referencia a otra dimensión en la que ese tipo de intervalo/silencio no ha tenido lugar en un sujeto. Se trata de un silencio no acotado que se traduce en la clínica por una constante emisión de ruido, de voces que impiden que ese sujeto pueda tomar la palabra. Uno y otro silencio son un patrimonio humano y tienen, en circunstancias excepcionales vías de contacto, infiltraciones de uno en el otro. Al primer silencio lo llamaremos silencio simbólico y al segundo silencio de silencio.
El silencio simbólico puede mostrar su primacía incluso haciendo que un mar de ruido pase a segundo plano. De todas formas, el fondo sonoro en el que se despliega el silencio simbólico no es siempre el mismo; el silencio de silencio puede incluso imponerse y, en el extremo, tener primacía. Tenemos en cuenta, para lo que sigue, que uno y otro silencio corresponden a diferentes estructuras subjetivas pero también que cierto consenso social autoritario puede incidir en los sujetos en el sentido de tomar o no la palabra.
El avance de la justicia sobre el silencio de silencio que rodeó la desaparición de personas durante la dictadura militar se presenta como un creciente número de voces que casi imperceptiblemente agregan su sonido al fondo sonoro anónimo de la ciudad.
A continuación un fragmento testimonial sobre la incidencia de esas voces en el fondo sonoro colectivo de nuestra sociedad, un fondo que propicia el despliegue del silencio simbólico, permitiendo que más sujetos tomen la palabra.
Estábamos allí, en una calle de Buenos Aires, apiñados en la vereda, a punto de hacer un homenaje a tres militantes populares desaparecidos durante la dictadura militar. Ellos habían vivido en el edificio que teníamos junto a nosotros. Un grupo de ceramistas había realizado un baldosón con el nombre de ellos.
A medida que llegaba más gente, dejamos de respetar el cordón de la vereda y comenzamos a ocupar parte de la calle. Los autos y colectivos también se apiñaron en la estrecha franja que les dejamos y no dejaron de estar muy cerca, casi rozándonos con su volumen físico y sonoro.
Los rugidos y ronroneos de los motores no constituían el fondo lejano de la ciudad sino una interferencia que hacía imposible que nos pudiéramos escuchar. Sin embargo, por momentos, no era una interferencia sino algo que emitía la misma vibración, con la misma pasta vocal de los que, con el micrófono, se sucedían en el homenaje. En forma intermitente ocurría ese fenómeno de integración sonora.
Algunos oradores lograban conmovernos por las cosas que decían, por los recuerdos que le arrancaban a ese pozo anónimo instalado en el centro exacto de la desidia de cada quién. Muchos llegaron emocionados y se sumaron a esas voces y muchos otros descubrieron allí como se abría la hendidura del recuerdo y el afecto. Todos, diría, escuchamos en algún momento como la voz pequeña y grave, apenas audible de una Madre de Plaza de Mayo, se confundía con el ronroneo del tránsito trabado por nuestros cuerpos.
Fue allí que el ruido se transformó en sonido, en el momento en que las palabras de recordación y lucha y los motores conformaron una figura de rostros múltiples que pulsaba musitando los nombres de Lila, Luis y Claudio Epelbaum.
Fue entonces que pensamos por un instante que ya habíamos escuchado esos sonidos caminando por allí. Esos nombres, esa vocecita mezclada con el movimiento del barrio. Sonidos, más que ruidos de la ciudad, que en el trajín cotidiano (cuando los coches transitan o cuando no transitan) dejamos de escuchar pero que son el hueco en el que se alojan nuestras voces cotidianas. Pienso que, a partir de hoy ese hueco será Otro, alojará nuestra palabra de otra manera. No escucharemos el ronroneo, salvo que hagamos un esfuerzo de atención, pero estará y será, como siempre, sin duda, la materia de la que estará hecho el silencio simbólico que hoy nos permite hablar.
Guillermo Vilela
guillermovilela@fibertel.com.ar



