viernes, 21 de noviembre de 2008

Biendecir la soledad

Biendecir la soledad

Solos y solas.
Sí, sí parece que la soledad ya no es materia para reflexiones filosóficas, mucho menos fuente de inspiración para poetas, ni qué hablar de perder el tiempo en interrogar la soledad en un análisis. Cien años de soledad, más que una novela recomendable, una amenaza insoportable. ¡Por favor qué demodé! La soledad es un enemigo a combatir y lo ha sido siempre, el clásico “no quedarse para vestir santos” pero versión progre: promesa de un encuentro redondito como un barril pero esta vez con fondo. Y uno bien lindo, el que siempre se ha soñado. Se va al solos y solas, para dejar de estar solo pero sin dejar de ser solo, si no el solos y solas sería un club que no nos admitiría como socios. Paradojas de la vida. Que no se sepa: ser solo tiene sus beneficios.

Redondo, redondo barril sin fondo
¿Acaso tendremos que hacer una campaña para restituir los derechos de “ese no sé qué, que nos produce no sabemos qué cosa”? Hay también una soledad que se precisa para amar. Aquella soledad “ferpecta” que produce un encuentro que nada tiene que ver con las condiciones descriptivas de un otro ideal. Una soledad con agujeritos donde puede producirse algo del amor: del amante al amado. Redondo porque tiene un borde coloreado por la historia singular de cada sujeto; sin fondo porque es preciso que el barril esté agujereado...aunque haya quienes quieran poner ese barril deseante en alguna mesa de saldos.

Valeria González

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