
En el proceso psicoanalítico, sea este individual, grupal o institucional la función del analista es básicamente hacer de su presencia una disposición al encuentro con el deseo, sin encaminarlo hacia algún ideal ni aplastarlo con el propio. Efectivamente en esto consiste la abstinencia analítica, tal como aprendí de Ulloa, algo muy alejado de la indolencia afectiva o de la neutralidad cruelmente obsesiva. Él consideraba que se debía destacar el papel central de la abstinencia no solo en la conducción interpretativa de una cura sino y sobre todo en el reconocimiento y elaboración de la contratransferencia. Toda su práctica estuvo marcada por esta consideración.
En la experiencia compartida de un análisis, el analista se irá convirtiendo en una presencia amiga en tanto capaz de sobrevivir al ejercicio de destrucción imaginaria a la que la somete el amor-odio en la transferencia.
La apuesta analítica, que se conforma sobre un fondo de eterna repetición de lo mismo, apunta a la aparición de alguna metáfora vivificante que abra una brecha temporal que aloje al sujeto.
Un paciente, hijo póstumo, encuentra en la relación con su analista la oportunidad de entablar un diálogo con su padre muerto, restañar en ese diálogo heridas abiertas y aligerar el peso de una nostalgia culposa que aún antes de sus primeras vivencias afectivas tiñe su existencia de un tinte opresivo e inhibitorio.
El paciente quien sabe que el analista no es su padre - éste por supuesto no pretende serlo pero tampoco rehuye a evocarlo- reconoce en los afectos que le despierta, viejos anhelos, amores y rencores, sus proyecciones al respecto. Intuye entonces en los avatares transferenciales que agitan ese análisis que algo importante está sucediendo.
Podemos suponer que se repiten con el analista las vicisitudes fantasmatizadas de un encuentro que realmente jamás se produjo. Situación verdaderamente paradojal en la que se desenvuelve ese análisis. Habría que enfatizar una cuestión: la transferencia obliga al analista a interpretar al padre. Conservemos la multiplicidad y diversidad semántica del término interpretar.
El guión que el paciente aporta con su relato es condición necesaria pero no suficiente para que la interpretación ocurra, el analista deberá recurrir entonces a su propio inconsciente, fuente valedera de resonancias inéditas, como diría Ulloa.
Así como un pianista inspirado al ejecutar una partitura hace oír al propio compositor melodías jamás apreciadas, el analista, en lo remanido del guión de una vida, hace oír aquello que nunca antes fue escuchado, retorna en las interpretaciones lo verdaderamente inaudito de la trama.
En el caso que comento, en donde la transferencia repite una vez más ese diálogo imposible con el padre muerto, la presencia real del analista permite que el paciente haga la experiencia de que sus palabras sean por fin escuchadas, de poder dirigirlas verdaderamente a alguien, que sin ser el padre su presencia interpela.
Lacan dijo alguna vez que los análisis comienzan hablándole de uno a nadie y continúan hablándole a alguien pero no de uno y terminan cuando aquel, que seguramente ha cambiado sensiblemente en su transcurso, consigue hablar de sí a alguien. Conjeturo que la transformación de la palabra del sujeto tiene como principal motor la aparición del analista como presencia amiga. Esta presencia supo encarnarla magistralmente Fernando Ulloa.
Luis Vicente Miguelez
lmiguelez@fibertel.com.ar
En la experiencia compartida de un análisis, el analista se irá convirtiendo en una presencia amiga en tanto capaz de sobrevivir al ejercicio de destrucción imaginaria a la que la somete el amor-odio en la transferencia.
La apuesta analítica, que se conforma sobre un fondo de eterna repetición de lo mismo, apunta a la aparición de alguna metáfora vivificante que abra una brecha temporal que aloje al sujeto.
Un paciente, hijo póstumo, encuentra en la relación con su analista la oportunidad de entablar un diálogo con su padre muerto, restañar en ese diálogo heridas abiertas y aligerar el peso de una nostalgia culposa que aún antes de sus primeras vivencias afectivas tiñe su existencia de un tinte opresivo e inhibitorio.
El paciente quien sabe que el analista no es su padre - éste por supuesto no pretende serlo pero tampoco rehuye a evocarlo- reconoce en los afectos que le despierta, viejos anhelos, amores y rencores, sus proyecciones al respecto. Intuye entonces en los avatares transferenciales que agitan ese análisis que algo importante está sucediendo.
Podemos suponer que se repiten con el analista las vicisitudes fantasmatizadas de un encuentro que realmente jamás se produjo. Situación verdaderamente paradojal en la que se desenvuelve ese análisis. Habría que enfatizar una cuestión: la transferencia obliga al analista a interpretar al padre. Conservemos la multiplicidad y diversidad semántica del término interpretar.
El guión que el paciente aporta con su relato es condición necesaria pero no suficiente para que la interpretación ocurra, el analista deberá recurrir entonces a su propio inconsciente, fuente valedera de resonancias inéditas, como diría Ulloa.
Así como un pianista inspirado al ejecutar una partitura hace oír al propio compositor melodías jamás apreciadas, el analista, en lo remanido del guión de una vida, hace oír aquello que nunca antes fue escuchado, retorna en las interpretaciones lo verdaderamente inaudito de la trama.
En el caso que comento, en donde la transferencia repite una vez más ese diálogo imposible con el padre muerto, la presencia real del analista permite que el paciente haga la experiencia de que sus palabras sean por fin escuchadas, de poder dirigirlas verdaderamente a alguien, que sin ser el padre su presencia interpela.
Lacan dijo alguna vez que los análisis comienzan hablándole de uno a nadie y continúan hablándole a alguien pero no de uno y terminan cuando aquel, que seguramente ha cambiado sensiblemente en su transcurso, consigue hablar de sí a alguien. Conjeturo que la transformación de la palabra del sujeto tiene como principal motor la aparición del analista como presencia amiga. Esta presencia supo encarnarla magistralmente Fernando Ulloa.
Luis Vicente Miguelez
lmiguelez@fibertel.com.ar
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